El gol
Yo, que nunca he sido fan del fútbol y sin querer, me vi envuelta en una tarde futbolera. Romeo me invitó a un pícnic en la cabaña de su familia. Par a él, aquella tarde no era un sábado cualquiera, jugaba la semifinal de su equipo favorito. El día estaba soleado y un poco más cálido de lo normal para ser invierno. Empaque una cobija calentita, el mantel de cuadros negros y blancos, una baguette, jamón serrano, queso manchego, aderezo italiano y ranch y un enorme racimo de uvas verdes. Imaginaba preparándonos los sandwiches y dándonos uvas en la boca mientras nos acurrucábamos con la cobija sentados frente a la chimenea. La excitación por salir de la ciudad y desconectarme de la rutina aumentaba mis ganas de verlo. Romeo llegó por mí, llamó a mi celular y con voz apresurada me indicó: —¡Sal ya! ¡Vamos, vámonos!— La entraña se me achicó imaginándome que la urgencia en su tono de voz era por llegar a la cabaña y meternos mano sin piedad. Tomé la cobija y la bolsa con todo listo par...