Las canciones que nos dedicamos Cap. III Te lo pido por favor
Las canciones que nos dedicamos
Capítulo III. Te lo pido por favor
Le rogué, le pedí, le supliqué con la garganta atorada que nos vieramos una vez más, que aún podríamos arreglar nuestras vidas y llegar a un acuerdo en el que ambos pudieramos vivir en la misma ciudad y tener una relación normal. Su negación y terquedad eran difíciles de comprender, hasta que aquel día en que, reunida con mis amigas destapamos la cloaca. Se había casado con otra.
Esta mañana ha sido duro abrir los ojos, mi cabeza llena de recuerdos y mi cuerpo que pareciera estar llegando a su fecha de caducidad a mis treinta y cinco años, sintiendo que son los últimos días tal como lo anuncia ese famoso circo que se instala cada cierto tiempo pero que nada más no se va. Que pesado se siente estar vivo mucho más si has pasado de los treinta años, afortunadamente tenemos a los estimulantes que nos regresan a la vida, como el café.
Justo ahora me ha entrado un extraño y débil impulso que me ha empujado fuera de la cama y he decidido prepararme un café que despierte hasta la última célula de mi piel. Le he puesto unas varitas de canela, porque si no es suficiente con el olor a café, la canela se encarga de despertar hasta cuatro de mis generaciones ancestrales.
Mi camiseta oversize favorita, la que tiene al sol y la luna en la parte de atrás, fue regalo de una de mis mejores amigas; hizo que bordaran mi nombre en la parte frontal y es tan perfecta que aunque no tuviera mi nombre, cualquiera sabría que fue hecha para mí, y yo te juro que esta camiseta me la seguiré poniendo hasta el último día de mi vida.
Estoy de pie, mirando fijamente y esperando pacientemente a que la cafetera haga su chamba cuando la vibración de mi celular interrumpe mi disociación matutina, es un mensaje de Dani. Estoy segura que se habrá agotado el cartucho que nos dimos hace dos semanas. La relación que tenemos no me hace sentir orgullosa, nos conocimos en un rave en Rosarito hace tres años y tiene apenas veinticinco años. Anda en una motocicleta a toda velocidad, es diseñador digital para una empresa local y espera comenzar su propio negocio en un futuro cercano. Y bueno, el día que nos conocimos no le pregunté ni la edad pero terminamos conociéndonos hasta la risa. Dani es la conexión que deseas tener cuando eres una adolescente, con el chico sexy, rebelde, los brazos endurecidos por el ejercicio y tatuados, abundante cabellera negra, bigote y barba, ese tipo que si lo llevas a casa, seguro que a tus padres les daría un infarto. Afortunadamente la relación con mis padres es inexistente y a la única que le debo explicaciones en la vida es a mi misma, así que bueno, que más da.
《Holaaaa perdidaaaaa!》escribió Dani.
《Qué pasó, mi cielo?》respondí.
《Cómo andas hoy? quiero verte, bebé.》
《Como dice Luismi... libre como el viento, peligrosa como el mar... jajajaja》
《Justo lo que ando buscando, una buena revolcada del mar jajajaja》
《Ven a mi casa, aquí voy a estar todo el día, no tengo planes.》
《Esoooo... ahí te veo!》
Así eran todas nuestras conversaciones desde que nos conocimos, no existía ningún tipo de formalidad, cero expectativas el uno del otro, poco sabía de sus actividades diarias o a quién veía los días que no lo veía y él igual sobre mí. Una relación sin ataduras, de fuckbudies.
Girasoles de van Gogh comenzó a sonar en mi celular, la playlist continúa tocando las canciones que me torturan..."Tú tienes cara de que vas a joder mi vida..." dice esta canción de una cantante brazileña. La primera vez que la escuché fue cuando Nicolás me la mandó mientras yo estaba de viaje en España en el verano de 2019. Teníamos meses, unos seis para ser exacta, sin tener ningún tipo de contacto después de años de relación intermitente a larga distancia, y de la nada, una canción que para empezar estaba en la única lengua romance que no conocía. Agradecí al traductor ya que pude ver lo que decía y mira que parecía que quería decirme que yo estaba jodiendole la vida y me lo creí. Escuché la canción en repetición hasta que dejó de tener sentido y provocarme risas. Es sorprendente cuánto puede engrandecerse el ego de una persona cuando se siente deseado.
Lo ignoré lo más que pude, aunque la canción la escuché tantas veces como pude sintiendola como un himno a mi ego, le estaba jodiendo la vida con mi ausencia. No me juzguen, ¿quién se acuerda de un mal amor mientras camina por la plaza mayor acompañada de dos guapos españoles de barba roja? Esperé varios días, hasta que comencé a extrañar México. Culpable de sentir nostalgia por el país cuando me encuentro en estos lugares de primer mundo, nada se compara con la calidez de nuestra tierra mexicana. La comida, la bebida, la amabilidad de la gente, los colores y olores. Amo viajar y conocer nuevos lugares no solo por gusto u obligación, sino que, cada que me alejo, el orgullo de ser mexicana crece en mí.
El color de mi piel y mis rasgos físicos son inconfundibles para que los extranjeros ubiquen mi nacionalidad inmediatamente.
-¡Mexicana, mexicana! Me gritan los italianos.
‐Oh, mexican!- se asombran los ingleses.
-Mexicana mi amor eres una diosa, tía. - afirman los españoles. Y ser embajadora del país en estos lugares es un verdadero deleite.
Ese verano me había propuesto a enamorarme de nuevo, de preferencia de algún tipo extranjero, que disfrutará de un buen vino, que amara la lectura, que tuviera complexión delgada y más de un metro ochenta de estatura. No era mucho pedir, quería conocer a alguien con quien hablar por horas sin descanso... así como lo hacía con Nicolás.
Tantos rostros, tantas sonrisas, tantos "bella mexicana", tantos mensajes de texto y ninguno suyo.
Me gustaría decir, como algunas personas, que extraño los tiempos cuando todo era mejor y menos jodido, pero es que me ha tocado vivir en constante estado de alerta e incertidumbre; y si extraño algo son únicamente esos pocos días en los que sentí plenitud de ser humana, una humana rebosante de amor a su lado.
El sonido que hace el motor de la moto de Dani me saca del trance al pasado, curiosamente ha provocado una progresiva programación en mi mente funcionando como el reactor de mi sensualidad. Es inminente que su llegada provoque que la adolescente de diescisiete años que habita aún en mí, se sienta nerviosa y ansiosa de besarle los labios carnosos, rosados y juveniles de alguien que aún lleva a flor de piel la vigorosidad y el impetú de un humano joven.
—Pase joven.
—¡Que tal mi amor!— me da un beso en la boca y me toma por la cintura.
Nos sentamos en el sillón que tengo junto a la ventana de la sala, es un sillón que compré en una tienda de segunda mano. Estaba casi nuevo pero lo que me gustó de él es que era ancho y acolchonado y serviría de cama en caso de tener visitas en casa aunque hasta el día de hoy solo ha servido de cama matrimonial.
—Me extrañaste tan pronto?— le dije sarcasticamente.
—La verdad, sí. Pienso en tí todo el día...
Suelto una risa desbordada que hasta me sale una lagrima. Veo su rostro serio y casi sacado de onda.
—Eres mala, te estoy siendo honesto. Te extraño cuando no te veo y no sé nada de tí.
—¿Qué dices, morro?
—Es en serio
—A ver, no me vengas con estas declaraciones raras, somos amigos, dejemoslo así. No compliquemos las cosas, sale?
—Eres odiosa, porque no te dejas querer mi reina? ¿Quién te dañó tanto?
Y justo esta pregunta me transportó a la noche cuando todo explotó. Fue marzo de 2019 durante una llamada que le hice desde el cuarto de hotel que había resevado para pasar cuatro días en Vallarta, mi corazón parecía salirse del pecho. Planeamos ese viaje con muchos meses de anticipación, pues su trabajo no nos permitía vernos seguido así que programó sus vacaciones para que nada nos pudiera interrumpir. Recuerdo haber hecho reservación en el mejor restaurante del puerto, había comprado velas y vino para recibirlo aquel primer día, quería que todo fuera perfecto pues deseaba tanto hacer el amor con él, como lo hicimos las dos veces anteriores.
Bajé del avión y corrí a tomar un taxi, sabía que él llegaría una hora después de mí así que decidí adelantarme al hotel para preparar todo que olvidé revisar mi celular. Al llegar a la habitación saqué las velas, pedí hielo y una tabla de quesos para acompañar el vino que había llevado, su favorito del Valle de Guadalupe. Esparcí petalos de rosas en la cama y preparé la bañera, de verdad nunca me imaginé hacer este tipo de ridiculeces, aunque ese momento parecía ser lo más normal. Me cambié de ropa, me puse un cordinado de lencería en color azul rey, su favorito. Cuando de pronto después de toda aquella euforia sensual me di cuenta que el tiempo había pasado y que Nicolás ya debería estar por llegar. Saqué mi celular de la bolsa y vi varias notificaciones de mensaje y varias llamadas perdidas de él, me asusté, pensé que algo malo había sucedido. Decidí marcarle y no me contestó. Mi preocupación aumentó y fue ahí cuando me di cuenta que no conocía a nadie de sus familiares o amigos. ¿Cómo era posible que después de siete años no conocía a nadie de su vida en Ciudad de México? Interrumpí mi viaje a la tierra de las verdades ignoradas a causa del amor para leer los mensajes que me había dejado.
《Paula, tengo un problema con el vuelo.》
《Paula, me están diciendo que el vuelo está sobrevendido.》
《Paula, perderé el vuelo.》
《Paula, perdona no podré llegar a nuestra cita.》
《Paula, espero que cuando veas esto no me odies.》
《Paula, perdóname.》
Mis ojos leían cada mensaje una y otra vez intentando comprender el significado, me decía que tuvo problemas con la aerolínea, pero, ¿tomaría otro vuelo más tarde? Pensé que al no contestarme seguro estaría volando ya rumbo a Vallarta, así que decidí tranquilizarme y esperar a que se comunicara conmigo. Fueron unos pocos minutos cuando escuché el sonido de la notificación del mensaje.
《Paula, no puedo contestarte ahora, dame tiempo mañana te marco y te explico.》
De nuevo mis ojos recibían las letras pero mi cabeza no comprendía el significado de lo que leía. Así que en un impulso desesperado decidí marcarle de nuevo, si pudo escribir ese mensaje seguro que tendría el celular en la mano, pensé. Llamé una vez hasta que entró el buzón de mensajes. Llamé una segunda vez y el tono se cortó al sonar dos veces. Llamé una tercera vez y entró directamente al buzón de llamadas. Había apagado el celular. Me quede quieta unos segundos, con el celular aún en la mano viendo el atardecer desde la ventana de la habitación. El mar estaba tan quieto, en tonos anaranjados, uno perfecto para un par de enamorados, pero estaba ahí únicamente yo y una enorme sensación de vacío.
El silencio de aquella habitación se agrandó tanto que pude escuchar los latidos acelerados de mi corazón y el de mi alma mientras se agrietaba. ¿De verdad hizo esto? No comprendo, Nicolás no me haría algo así, no el Nicolás que yo conocía. Seguro que algo grande había sucedido, probablemente fue su trabajo una vez más. Claro, es lo más lógico. Y continué inventándome justificaciones para aquella situación confusa. Abrí el vino y me lo tomé directamente de la botella. Me comí los quesos y los jamones a puños, pedí otra botella y me la bebí casi en tres tragos. Caí en la cama llena de petalos, así, casi desmayada, intentando adormecer el dolor que se engrandecía al pasar de los minutos, en la espera de su llegada, una espera que no tuvo final.
Le marqué de nuevo y su teléfono seguía apagado así que aproveché para dejarle un mensaje:
—Nico, estoy preocupada por tí. Espero que tu problema haya sido del trabajo no soportaría saber que te pasó algo. Hablame, no importa la hora necesito escuchar tu voz. Nico, te amo.— Ni siquiera recuerdo haber colgado, me quedé dormida así vestida con la botella vacía en la mano izquierda y el celular en la mano derecha. Una imagen perfecta para un cuadro renacentista.
—¿Paula?— dijo Dani interrumpiendo el recuerdo de aquella tragica tarde. Lo besé impulsivamente y arrancandole la ropa casi a pedazos, lo aventé al sofá y le bajé los pantalones, quería tener sexo de una forma salvaje como castigando el recuerdo de Nicolás. Culpable de haberme aprovechado de la situación de vulnerabilidad de Dani y de mi alma herida por el abandono. Después de varias horas de sexo, pude liberar a mi esclavo.
—¿Qué fue eso? Digo, me encantó pero, parecías poseída mi amor.
—Dani, no me siento bien deberías irte ya.
—Paulita, ya no quiero esto, de verdad, dejame invitarte a cenar. Tengamos una plática normal, quiero conocerte mejor.
—Dani, vete por favor, No es un buen día, lo siento.— Abrí la puerta y esperé a que saliera para poder irme a mi cama y acurrucarme en forma fetal para volver a sufrir con aquel recuerdo que había marcado mi vida amorosa.

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