Consejo Intergaláctico Capítulo III. El Tiempo se Acaba
Llegamos
a una ciudad donde nunca antes había estado, ojalá la hubiera conocido antes,
pues al recorrerla esta parecía una ciudad fantasma. Los aparadores de las
tiendas estaban rotos y se veía aún el rastro del humo en las paredes. Unas
horas antes de nuestra llegada aquello debió haber sido un lugar de guerra y
destrucción.
Yo
seguía pensando en Pedro, ¿qué sería lo que escuchó que lo puso como loco?
Perdido en ese pensamiento bajé de la camioneta, y pude notar que Roxana
buscaba algo. Era como un perro de caza, observaba todo y al ver algo
continuaba caminando, parecía como si tuviera un mapa en su cabeza
—Por aquí, síganme.
—¿A dónde? —pregunté yo.
Sin
decir nada más y con Eva de la mano comenzó a moverse más de prisa. Llegamos a
lo que parecía un edificio de gobierno. De esos con fachada de los años de la
conquista. Con puertas altas y anchas de una madera fina y gruesa. Las paredes
talladas en piedra y los pisos de mármol. Ella empujó la puerta costándole
trabajo así que me apresuré para ayudarla.
—¿Qué hay aquí? — le dije
Sin
decir nada me guiñó el ojo y movió su cabeza para que la siguiera. Poco a poco
se comenzaron a escuchar unas voces que provenían del segundo piso. Sorprendido,
y confieso un poco temeroso, la seguí. Aquello parecía la sala de los
regidores, sillas muy cómodas tapizadas en piel de color negro, una mesa
rectangular para albergar a unas veinte personas. Ahí estaban unas diez
personas sentadas, conversando acaloradamente. Roxana no tuvo temor al
interrumpirlos.
—Señores…—
Inmediatamente
todos se quedaron callados y pude ver a dos de ellos que se levantaron
sosteniendo rifles en sus manos.
—Tranquilos, venimos en
son de paz.
Uno
de ellos, supuse que era el líder, se puso de pie.
—¿Quiénes son ustedes?
¿Qué buscan?
—Queremos compartirles
información que tenemos, podría ser útil para esos planes que tienen.
—No contestaste a mis
preguntas, ¿Quiénes son?
—Yo soy Roxana, ella es
Eva mi hija y él es…
—Isaac, y pido una
disculpa si interrumpimos. Ya nos vamos solo estamos de paso. — dije sintiendo mucho temor por
lo que aquellas personas pudieran hacernos.
Todos
nos observaban detenidamente, pero especialmente a ella, a Roxana. Cuando me
percaté de aquello, volteé a verla y noté una extraña mirada y sonrisa. ¿Por
qué siempre estaba tan tranquila? Parecía que siempre sabía qué hacer y a dónde
llevarnos.
El
líder nuevamente habló.
—Perdonen, pero ustedes
comprenderán que esta situación ha terminado con los buenos modales y
costumbres. Yo soy, Simón. Nosotros trabajábamos en este edifico antes de que todo
se fuera a la … bueno, que la vida como la conocimos se terminara. Aquí nos
refugiamos una noche antes de que comenzaran a formarse las filas para
llevarnos fuera del planeta. — dijo sintiéndose nervioso mientras intentaba
ponernos al corriente de su estado.
Simón tenía porte de
militar o al menos de haber sido entrenado por la armada nacional. Vestía un
pantalón con bolsas grandes a los costados, una camiseta que dejaba ver un
cuerpo atlético, algo no tan común para un hombre de su edad. Su cabello y
bigote canosos daban la impresión de ser un hombre de alrededor de sesenta
años. Los otros dos quienes llevaban las armas, se presentaron como Mateo y
Felipe, ambos jóvenes, tal vez de la misma edad que yo. Todos vestían igual,
parecía que habían formado su grupo de rebelión.
—Isaac, cuéntales lo que
sabemos sobre las personas azules.
Varias ideas vinieron a
mi mente y yo no dejaba de observar las armas. A pesar de haber sido entrenado
por las fuerzas intergalácticas, nunca me enseñaron a usar un arma. Yo sería el
copiloto de la nave que nos acercaría a la nave madre. Entre mi formación como biólogo
y mi entrenamiento de aviación, ver dos rifles apuntando hacia mí, me ponían
muy nervioso.
—Pedro…— dije
tartamudeando.
—¿Quién es Pedro? —
preguntó Simón.
—Pedro nos dio refugio
el día de ayer. Tiene un búnker con una radio con la que se comunica con
personas de otras partes del país y del mundo.
—¿Por qué lo dejaron?
—Enloqueció al escuchar
algo en la radio, la verdad no sabemos exactamente que fue, pero no podíamos
quedarnos mucho tiempo ahí. Parecía ser un hombre que había perdido la razón. —
dijo Roxana antes de que yo pudiera decir algo.
—Bueno, ¿entonces que
saben?, hablen ya. — dijo Simón levantando la voz.
Roxana me hizo una seña
para que yo pudiera continuar.
—Escuchamos
en la radio que las personas que se convirtieron al tomar el suero no salían
por el día.
—¿Eso es todo? — Simón
interrumpió.
—Este… sí.
Los tres hombres se
vieron entre sí, se acercaron unos a otros y comenzaron a hablar entre ellos en
voz casi imperceptible.
—Yo quiero saber de
dónde vienen. — dijo Simón con en
tono seco.
—Deja que les cuente yo.
— dijo Roxana adelantándose a mi respuesta.
—Yo vivía cerca del río Era, en ciudad Madero. Después
del mensaje de Jesús holográfico, las personas se volcaron a las calles. Las
alarmas de la ciudad comenzaron a sonar. Yo estaba en la camioneta con Eva y mi
prima María. Las calles estaban cerradas por el tráfico no había hacia
donde ir. Todo era un caos.
Mientras Roxana narraba su propia experiencia todos se
veían sorprendidos, tristes y parecía que sentían empatía con aquella historia.
Roxana describió como las zonas de los barrios más
bajos parecían estar más preparadas para enfrentarse a una lucha mano a mano.
Los hombres y mujeres tenían pistolas y levantaron barricadas cerca de la
playa.
—Manejé intentando de buscar una salida y llegar lo más
cerca de la playa que era donde vivíamos. Fue imposible.
—¿Vivías cerca de una
playa? — Interrumpió uno de los presentes.
Roxana asintió casi sin
hacer pausa y nos contó que una amiga suya vivía
cerca de donde se habían quedado atoradas sin poder manejar más.
—Llegamos sin nada que ofrecer, solamente buscábamos
refugio para pasar esa noche.
Eva se acercó a ella y la abrazó fuerte, recordar
aquella noche parece que la dejó impactada.
Su amiga las recibió, nos explicó que ella no sabía
exactamente lo que sucedía afuera. Era cristiana y desde que todo parecía ir
mal, había decidido vivir alejada de los medios de comunicación. Su esposo,
había levantado unas bardas perimetrales en su casa, las cuales median tres
metros de altura y puso vidrios de botellas rotas en lo más alto, seguridad de
alta potencia, dijo en tono de broma.
Continuó describiendo la seguridad de aquella casa,
nos describió que cada una de las ventanas tenía protección de fierro forjado
por él mismo. Ellos no lo sabían, pero su casa que para muchos daba la
impresión de ser una cárcel, terminó siendo un refugio para lo que sucedió.
Roxana enfatizó que en lo único que pensaba era ver
cómo podrían escapar de ahí con todos. Organizaron un gran tendido de cobijas
en el suelo, donde todos pasaron la noche. Estaban en la sala de la casa,
parecía el lugar más seguro, había dos puertas cerca de ahí, caso de tener que
salir de prisa.
—Nuestro refugio por una noche estaba listo. Recosté a
Eva, le di un beso y le dije que pasaríamos la noche ahí, pero que al día
siguiente tendríamos que salir a buscar otro lugar más seguro.
Roxana nos dijo que estando en casa de su amiga, con
su esposo, sus hijos, su prima María y Eva sintió un descanso de tranquilidad.
Me sentí mal por no haberle preguntado nada a Roxana
de cómo habían llegado hasta mi ciudad. Mientras tanto, después de contarnos
aquella historia Simón se levantó, observó al resto de los presentes que
asintieron casi a la misma vez.
—Nosotros tenemos algo que mostrarles. — dijo mientras
caminaba hacia la puerta de acceso. Nos llevaron hasta la azotea del edificio. Ahí había un contenedor de agua
con la tapa removida. Se escuchaban algunos ruidos que venían de adentro.
¡No lo podía creer, eran personas azules!
—¿Cómo pasó esto? ¿Tomaron el suero? — pregunté temiendo la
respuesta.
—No. Ellos eran parte de la tripulación de los
celestiales que nos estaban guiando con el proceso de evacuación. Después de
varios días sin estar en su nave les pasó esto. Nos pidieron que los lleváramos
a un lugar con agua y esto fue lo que pudimos conseguir.
Eva se acercó al contenedor y puso su mano derecha
sobre él.
—Están preocupados, no quieren morir aquí. Creen que no
habrá tiempo...
—¡¿TIEMPO PARA QUÉ?! — exclamó Simón.
—Antes que nada, tenemos que sacar a los Celes de aquí. —
dijo Roxana.
—¿Los Celes? — Contesté.
—¿Dónde se encuentra el río más cercano? — preguntó Roxana ignorando mi
pregunta.
—Hay un río a unos doscientos kilómetros hacia el norte, es el que
desemboca con el Golfo. — contestó Simón.
Me sentí confundido por haber escuchado a Roxana llamarles celes a los
seres de la armada intergaláctica. Jamás escuché a nadie llamarles así. Simón
sacó un mapa y nos mostró donde quedaba el río y cuál carretera deberíamos
tomar.
—Tenemos poco tiempo para que ellos puedan encontrar una de las naves.
Casi sin decir nada más, nos pidió que ayudáramos a los tres celes que
se encontraban en el contenedor. Seguía sorprendido por el color de su piel, se
habían tornado color azul, así como las personas que tomaron el suero. Simón
nos ayudó a llevarlos hasta la camioneta, nos dieron unos galones con agua para
poder hidratarlos, al parecer necesitaban del agua para estar bien. Sin
embargo, necesitaban algo más, ¿por qué estaban desvaneciéndose?
Roxana tomó el mando de la camioneta y comenzó a manejar por el camino
que Simón le había indicado. Fueron dos horas hacia el norte y llegamos al río bravío.
Estaba atardeciendo, bajamos de la camioneta. Roxana se acercó a la orilla y
levantó sus manos, cerró sus ojos comenzó a decir una oración en un idioma
antiguo.
Abbá deb
bashemaia
Jit cuaddás
semác
Teté malcutác
Nehbe
tzevianac
Aicanna deb
bashemaia afbarja
Hab lán
lachma
Desúncuanan
iomana
Usheboc lán
hobénan bacta hain
Aicanna daf
knan shbócuan lehaj jabénan
Bela ta
elínnan lenisjón,
Ela patzan
min bisha
Metol
dilakie malcuta bahaila batesh
Bucta leahlam
almin, amein
Casi al terminar aquella oración escuchamos sonidos que provenían del río.
Una nave comenzó a elevarse, era igual a la nave que yo estuve a punto de
abordar y en la que fui entrenado a pilotear. Se abrió una compuerta y de ella una
luz azul brillante me impidió ver, alcancé a ver una silueta. Los tres celes
que venían con nosotros caminaron sobre el agua sin ningún problema. Mi boca se
cayó al suelo, había leído que Jesús había caminado sobre el agua, pero más
allá de una leyenda bíblica, jamás imaginé poder presenciar tal momento.
—¿E… es… tán? — intenté preguntarle a Roxana.
—Sí. — contesto sintiéndose orgullosa por lo que veía.
Los tres celes se introdujeron y la puerta con destellos azulados se
cerró detrás de ellos. Roxana y Eva volvieron a la camioneta y me observaban
esperando que las siguiera. Fue ese el momento en que debí haber seguido por mi
cuenta, pero algo me impulsó a acompañarlas. Quien sabe, si no las hubiera
seguido no podría contar esta historia.
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Muy bien mucha Lógica parte de esta Historia, se asemeja a lo que acontecerá, cuando
ResponderEliminarMuy emocionante relato !
ResponderEliminarMuchas felicidades 👏
Espero por el final
Sigue muy buena la historia , esperamos la que sigue para seguirla disfrutando
ResponderEliminar¡Excelente! Me intriga el lenguaje antiguo, ¿tu lo inventaste?
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