Consejo Intergaláctico Capítulo II. ¿Jesús es un zombi?
¿Jesús es un zombi?
Roxana
era una mujer decidida. Manejó durante varias horas pasando por diferentes
poblados pequeños en los que alcanzamos a ver a las personas fuera de sí
mismos. Algunos intentando escapar en sus carros sin llevar nada con ellos.
Ella y yo nos observábamos sin decir ni una palabra. Se había perdido el
control de los habitantes y no había nada más que caos. Manejamos hasta el
atardecer del siguiente día, seguíamos en el norte del país, y justo antes de
llegar a lo que parecía ser la siguiente gran ciudad, nos detuvimos. Al llegar
ahí era casi de noche, pudimos ver que había casas, edificios incendiándose y
las personas que corrían por todos lados saqueaban las tiendas. Nos detuvimos
un momento para observar con detalle y decidir hacia dónde dirigirnos.
Pensaba
en todas las posibilidades de lo que pudiera estar sucediendo después de
aquello que vi en el puerto de abordaje. La piel de mi compañero tornándose
azul. La espuma que brotaba de su boca y esa forma amenazadora de querer
morderme. Lo único que vino a mi mente fue… zombis.
«¿Eso sería posible?», me
pregunté. Recordé algunos estudios científicos que había leído; en ellos se
describe que ningún ser humano puede ser capaz de morir y revivir, bueno,
ningún ser humano que hayamos podido estudiar. Se dice que Jesús fue el único
hombre en la tierra que después de tres días venció a la muerte y resucitó para
andar de nuevo entre los vivos.
Tenía
muy presente, que durante mi clase de biología celular un compañero preguntó de
forma burlona si podrían existir los zombis, a lo que el doctor contestó:
—Científicamente
es improbable que un cuerpo pueda retomar vida después de haber muerto. Te
explico, cuando un ser humano muere, todas las células mueren y la energía se
va completamente del cuerpo haciendo imposible que este pueda volver a retomar
postura o movimiento.
La
explicación fue tan clara que las risas que provocó la pregunta de mi compañero
se fueron desvaneciendo poco a poco. No hubo necesidad de ahondar en el tema,
ya que hasta un niño de kínder podría haber comprendido aquella información.
—¿Jesús
es un zombi?
— dije en voz alta.
—¿Qué
dices? —
respondió Roxana.
—Perdona,
estaba divagando.
Afortunadamente
Roxana iba tan concentrada en el camino que no puso atención a mi pregunta. Decidió
tomar un camino de tierra que atravesaba un campo.
—Vayamos
por aquí y busquemos donde pasar la noche. — comentó Roxana mientras daba vuelta
adentrándose al plantío.
Una
luz diminuta llamó nuestra atención, Roxana detuvo la camioneta para ver mejor.
Era un hombre que se encontraba agazapado, al vernos decidió invitarnos a
seguirlo. Nos hizo una señal llevando su dedo a la boca para pedirnos que guardáramos
silencio. Después movió su cabeza pidiéndonos que los siguiéramos. El hombre se
veía tranquilo y su apariencia denotaba seguridad, pensé que sabría algo de lo
que estaba pasando con las personas azules. Nos guio a lo que parecía un sótano
en el medio de un campo de algodón. Había una puerta pequeña camuflajeada sobre
el suelo. Abrió y nos pidió que bajáramos por unas escaleras. La intuición me
dijo que estuviera tranquilo, parecía un lugar seguro. Sí, la intuición. Aunque
soy un hombre de ciencia, mi mamá me decía constantemente que había una pequeña
voz dentro de mí. Que siempre debía escucharla y discernir sobre lo que
escuchaba de ella. Me parecía una locura poner atención a una voz en mi cabeza,
más bien llegué a pensar que podría ser un tipo de trastorno mental heredado o
manifestado por toda la información que auto consumía del internet.
Nosotros
tres bajamos por las escaleras, el hombre misterioso cerró la puerta detrás de
él. Roxana y su hija observaban aquel lugar casi en penumbras. De pronto unas
cuantas tiras de luces led se encendieron en un tono azulado, dando a aquel
lugar un ambiente acogedor. Había una radio donde se escuchaban voces
indistintas dando información sobre lo que sucedía. Pude reconocer varios
idiomas como el inglés, francés, japonés, español en varios tipos de acentos y
sobre todo mexicano.
Estática…
—Aquí
todo es un caos… estática… las personas
que se formaron y esperaban subir a la nave se han enfermado., su color de
piel… estática… es azul…— fin del mensaje.
—Como
lo escuchan, parece una epidemia, una más. Pero esta vez se fueron a lo grande. — dijo
nuestro anfitrión.
Yo
seguía extrañado observando aquel lugar tan bien hecho. Tenía unos estantes
llenos con comida enlatada, botellas de agua, unas cajas con una cruz roja
pintada sobre un costado que me hizo pensar serían de primeros auxilios. Había
un closet con ropa ordenada por medidas, de un lado ropa de mujer y del otro de
hombre. Pude ver un pasillo de aproximadamente cinco metros de longitud con
estantes y repisas llenas de frascos con alimentos en conserva, costales de
granos, mantas y muchas cosas más. Este hombre estaba preparado como para pasar
ahí mucho tiempo.
—¿Qué
es este lugar? — preguntó Roxana.
—Es
lo que es, joven. Un bunker. Mis amigos y yo decidimos prepararnos ante las
inclemencias del clima. Hace años que sabemos que la humanidad tiene el tiempo
contado y que antes de que todo se vaya al demonio vendrá una gran catástrofe.
—¿Cómo
sabían que esto sucedería? — Interrumpió Roxana.
—¿Esto?
No lo sabíamos. Podría ser cualquier cosa… un meteorito, un diluvio, la
inversión de los polos, las temperaturas extremas, hambruna, una pandemia o
esto… una invasión extraterrestre.
—Esto
no es invasión extraterrestre. — dijo muy decidida.
El
hombre la observó detenidamente. Ambos cruzaron miradas por unos segundos. Hubo
un silencio profundo e incómodo.
—Eh, Soy
Isaac, gracias por recibirnos. —dije rompiendo el silencio.
—Soy
Pedro.
—¡AH! — exclamó
la hija de Roxana. —Pedro, como uno de los apóstoles de Jesús.
Todos
nos observamos con un gesto de sorpresa y de la nada reímos a carcajadas.
—Soy
Roxana y ella es mi hija Eva.
—Hola y bienvenidos. Busquen
un lugar para descansar, ahí hay agua y comida. Tomen lo que necesiten. Parece
que será una noche larga.
Pedro
nos señaló donde podríamos descansar, nosotros tomamos un poco de comida
enlatada y agua. Nos sentamos en el piso sobre unas colchonetas, mientras que
Pedro nos ponía al tanto sobre su vida.
Nos
explicó que las conspiraciones sobre lo que sucede detrás del ojo público llevan
más de medio siglo entre la psique humana. Nos contó que desde que personas en
diferentes partes del mundo comenzaron a denunciar raptos, de los cuales
narraban haber sido objeto de estudio de unos seres que parecían venir de otro
planeta, estos grupos de conspiración no se hicieron esperar.
Pedro
había vivido toda su vida en el campo. Su papá había sido granjero y él había
heredado esas tierras donde ahora estábamos escondidos. La curiosidad por saber
qué más sucedía en nuestro planeta surgió después de una noche en la que él y
su papá cosechaban algodón. Escucharon pisadas entre las plantas muy cerca de
ellos. Él recuerda haber visto un ser de unos dos metros de altura y unos ojos
brillantes verdosos. Su papá siempre le dijo que lo había imaginado, en el
fondo él estaba seguro de lo que había visto. En una visita a la ciudad, vio
una revista del fenómeno OVNI en un puesto de periódicos. Insistió mucho a su
papá en comprarla hasta que este aceptó.
Pedro
nos contó que inmediatamente sintió una enorme conexión con el tema. Al final
de la revista estaba una dirección postal donde personas de todo el mundo
enviaba sus experiencias y muchos de ellos anexaban fotografías. Él mismo
escribió a la revista para que publicaran su experiencia. Poco a poco se fue
metiendo más en el tema. Se compró un telescopio y comenzó a observar el cielo.
Con el paso de los años y el avance del internet, se fue uniendo a grupos de
observadores de Ovnis. En los mismos grupos fueron teorizando sobre todo lo que
sucedía que parecía sacado de las películas de ciencia ficción.
Fue
en el 2010, después de la muerte de su padre, que decidió comenzar a construir
el bunker. Era parte de un grupo de conspiranóicos que se ayudaban entre sí con
los planos e ideas para construir sus propios refugios anti-todo.
—Como
pueden ver aquí hay de todo, menos televisión e internet. No se imaginan el
daño que puede causar tener tanta información falsa al alcance de un botón. Es
por eso que las personas dejaron de creer que teníamos una amenaza más grande que…,
nuestro propio instinto de auto destrucción. — expresó en tono sarcástico.
Roxana
y yo escuchábamos sin hacer ningún tipo de expresión. Siendo sincero, no
encontraba razón para creer en su fanatismo por los seres de otros planetas. En
realidad, el fanatismo por cualquier cosa me parecía una tremenda burla y
pérdida de tiempo. A pesar de haber sido entrenado por las fuerzas de la armada
intergaláctica por meses, nunca vi un ser que pareciera venir de otro lugar.
Solamente llegué a ver a esos seres celestiales que bajaban de las naves, los
cuales hablaban el mismo idioma que todos, aunque entre ellos solo se
comunicaran telepáticamente o eso parecía.
Pedro
se sentó frente a la radio y tomaba notas sobre cosas que escuchaba.
—En Ciudad de México la
nave desapareció de la noche a la mañana. No hay rastros de los seres
celestiales… estática… cambio y fuera.
—En Argentina es un
caos… estática… las personas que tomaron el suero, su piel se ha tornado azul,
deambulan por las calles y parece que les altera la luz del sol… estática…
salen únicamente de noche… estática… repito, salen únicamente de noche. — fin
de la transmisión.
—En Colombia ha habido
una retirada completa de las naves. Aquí no hubo personas que sufrieron cambios
por haber obtenido el suero. Tal vez hay algo en la sangre que lo rechazó…
cambio y fuera.
—¿Cómo estás? — me
preguntó Roxana logrando que dejara de seguir las voces en la radio.
—Cansado, confundido…
¿qué es todo esto?
—Ahora que estamos aquí,
me gustaría poder descansar e imaginar que nada de esto está sucediendo en
verdad. Mira a Eva, pareciera que sigue viviendo en el mundo de hace treinta
años.
—Yo viví mi infancia en
ese mundo. Todo era tan diferente…
—Cuéntame, ¿cómo fue tu
infancia?
—Mi mamá se dedicó a
cuidarme y a cuidar de mi papá. Ella era una mujer espiritual y religiosa.
Pienso que, si solo hubiera desarrollado su espiritualidad, fuera de esas
reglas sin sentido de la religión, quizá ella hubiera sido más libre.
Desafortunadamente, nunca pudimos tener una conexión madre e hijo.
—Que triste, lo siento
mucho.
—Veo como abrazas a Eva,
esa forma de verla directamente a los ojos, pareciera que se comunican
telepáticamente…
—Sí, en realidad es puro
amor. Desde que la conocí…— dijo haciendo una pausa.
—… hicimos esa conexión con la mirada y noto como
eso la tranquiliza.
—Ojalá yo hubiera tenido
algo de eso con mi madre, en paz descanse.
—¿Qué hay de tu papá?
—Bueno, él solamente se dedicó
a escribir. Fue un hombre temeroso casi toda su vida; llegó a publicar tres
libros de ciencia ficción, pero no le fueron muy bien. Creo que tenía miedo a
la burla sobre sus pensamientos. De hecho, Pedro me lo recuerda un poco.
—¿Cómo se llamaba?
—Juan, pero su seudónimo
era J. Ortega
—¿Tu papá fue J. Ortega?
— interrumpió Pedro.
—¿Sí? — dije temeroso.
—¡Wow! Eres hijo de uno
de mis grandes fuentes de inspiración. ¡No lo puedo creer!
Roxana sonrió al ver la
emoción de Pedro. Yo me quedé inmóvil, nunca supe como reaccionar a que algunas
personas reaccionaran ante el nombre de mi padre. Menos ahora, con todo esto
sucediendo.
—Tu papá, el gran J. Ortega,
implantó la creencia de que los seres celestiales en realidad habían llegado
miles de años antes de nuestra civilización. Aquí tengo uno de sus libros…
Suspiré, no podía creer
que tanto mi mamá y mi papá se hicieran presentes justo en este momento de mi
vida.
—Escuchen todos…— dijo
Pedro hojeando el libro.
“… esta raza
intraterrestre ha estado desde casi el inicio del planeta. Son seres
semiacuáticos, su naturaleza les permite estar debajo del agua y con el
transcurrir de los años han podido adaptarse a la atmosfera fuera de los mares,
ríos y lagunas.”
—He estado leyendo de
nuevo este libro, tanto mis amigos como yo, tenemos una teoría sobre el origen
de estos seres que vinieron a ayudarnos a salir del planeta. ¿Recuerdan el
primer mensaje del Jesús holográfico? Dijo que otra raza estaba reclamando este
planeta. ¿No es eso extraño? Deberían ayudarnos a quedarnos aquí, pero
pareciera que en realidad quieren expulsarnos o… exterminarnos.
Roxana
me vio directamente a los ojos sin hacer ningún tipo de expresión. De pronto
sentí como mi cabeza se iba haciendo más pesada y mis pensamientos se iban
desvaneciendo entre la realidad y un profundo sueño. El
cansancio terminó ganándome y sentado en el suelo cerré los ojos, y quedé
profundamente dormido. No recuerdo exactamente cuánto tiempo transcurrió,
cuando de pronto escuché la voz de Pedro.
—¡SÍ!
¡LO SABÍA, LO SABÍA! — gritaba repitiendo —¡LO SABÍA, LO SABÍA! —
Vi
como Roxana le pedía que guardara silencio e intentaba calmarlo. Pedro parecía
haber perdido la razón. Daba vueltas en el mismo lugar, llevándose las manos a
la cabeza. Su mirada no se fijaba en nada. Me pareció que acababa de descubrir
algo enorme.
—¿Qué
sucede? ¿Por qué tanta emoción? — pregunté.
Pedro
no me respondió, Roxana me observó sonriendo y moviendo sus hombros en señal de
no saber qué sucedía. La pequeña Eva, callada y tranquila observaba a ese señor
extraño que daba vueltas y levantaba sus manos al cielo.
—Exijo
una explicación. — dije dirigiéndome a Roxana.
—No
lo sé, parece que escuchó algo por la radio y eso lo puso así.
—Pedro,
Pedro… tranquilízate y dime que fue lo que escuchaste.
Pero
Pedro no respondió. Se alejó de nosotros por el largo pasillo. Entró en un
cuarto que estaba al final de este. Se encerró ahí por horas. Me senté frente a
la radio intentando escuchar lo que decían, pero el idioma mandarín nunca fue
mi fuerte. Roxana propuso que nos fuéramos de ahí y que continuáramos nuestro
camino.
—Al
parecer nuestro anfitrión no va a salir de nuevo. Sigamos buscando respuestas
en otro lugar.
Me pareció precipitado, pero a la vez pensé que la pequeña Eva no debería estar con un hombre que estaba a punto de la locura. Tomamos algunas cuantas latas de comida y unos galones de agua. Me llevé el libro escrito por mi padre. Cargamos la camioneta con gasolina que Pedro tenía en unos contenedores. El sol había salido completamente, serían las seis o siete de la mañana. En la ciudad se veían algunos cuantos edificios aún con humo. Decidimos manejar en medio de la ciudad, recordando que las personas de piel azul no andarían durante el día. Vimos personas buscando alimentos y medicinas en lo que quedaba de pie. Aquel lugar era tristemente desolador.
Autor: Roxana Franco
Derechos reservados
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Excelente escritora! Muchas felicidades!
ResponderEliminarAl estar leyendo, imaginas estar en ese lugar, muy emocionante.