El gol


  Yo, que nunca he sido fan del fútbol y sin querer, me vi envuelta en una tarde futbolera. Romeo me invitó a un pícnic en la cabaña de su familia. Par
a él, aquella tarde no era un sábado cualquiera, jugaba la semifinal de su equipo favorito. El día estaba soleado y un poco más cálido de lo normal para ser invierno. Empaque una cobija calentita, el mantel de cuadros negros y blancos, una baguette, jamón serrano, queso manchego, aderezo italiano y ranch y un enorme racimo de uvas verdes.

Imaginaba preparándonos los sandwiches y dándonos uvas en la boca mientras nos acurrucábamos con la cobija sentados frente a la chimenea. La excitación por salir de la ciudad y desconectarme de la rutina aumentaba mis ganas de verlo.

Romeo llegó por mí, llamó a mi celular y con voz apresurada me indicó:

—¡Sal ya! ¡Vamos, vámonos!—
La entraña se me achicó imaginándome que la urgencia en su tono de voz era por llegar a la cabaña y meternos mano sin piedad. Tomé la cobija y la bolsa con todo listo para nuestro deleite. Romeo me esperaba afuera de la camioneta viendo su celular, se apresuró a arrebatar las cosas de mis manos, abrió la puerta del copiloto y, dándome un delicado empujón, dijo:
—Sube, sube.—
 La piel se me erizó de la emoción y ni siquiera noté que no hubo beso robado y el abrazo apretado como acostumbraba.
—Cambio de planes.— dijo mientras tomaba una avenida en sentido contrario a la cabaña. —¡Vamos al motel!—
—¡Wow! ¡Sí! ¡Me encanta la idea!— mentí. Sin embargo, pensé que todo lo que llevaba para el pícnic podría usarse para nuestra tardeada motelera sin ningún problema. Llegamos a un motel nuevo que se encuentra en las afueras de la ciudad. A Romeo no le gustan los lugares viejos ni malolientes. 
—Habitación con jacuzzi.— dijo al encargado de forma apresurada.
—¡Dios mío, esta será una tarde maravillosa!— cambié de parecer.
Romeo pagó y manejó a prisa hasta la habitación dieciocho. Estacionó la camioneta y se aseguró de bajar la puerta del garaje. Yo tomé todas las cosas y entré sigilosa, observando a detalle aquel lugar que olía a nuevo. Lámparas con luces tenues que decoraban las paredes y la cabecera, la cama king size detalladamente tendida, una pared completa de espejo justo a un lado de la cama y alfombra gris. Mientras que yo navegaba por el planeta del amor saboreando el gozo carnal, ahí estaba Romeo, maniobrando para quitarse la ropa con la mano derecha, mientras que con la mano izquierda apuntaba a la televisión con el control remoto. A jalones y estirones terminó de quitarse los pantalones, cayéndose como costal de piedras sobre la cama sin dejar de ver a la pantalla.
¡Me puse a acomodar el pícnic sobre la mesita en la esquina de la habitación, cuando escucho un —Sí!— Había localizado el canal que buscaba, supuse que era el de música erótica, pero no le di importancia pues, ya acomodado, desnudo en medio de aquella cama con el miembro erecto y su índice invitándome a acercarme perdí la razón. Me subí sobre él con las piernas abiertas, dejando que él quitara cada pieza de mi vestimenta. De pronto, noté que su cabeza hacía movimientos intentando ver hacia la pantalla, cuando noté que estaban anunciando la alineación de un partido de fútbol. Me apresuré a robarle un beso y ser yo el centro de su atención. 
—Esto es extraño, Romeo. ¿Podemos bajar el volumen? ¡Siento que estoy haciendo el amor con el equipo entero de Cruz Azul!—
—¡Eso sería genial, mi reina!— exclamó mientras tomaba mis pechos con fuerza, apretándolos y dándoles mordidas. Yo, en completa perdición del deseo, pensé que no era la cabaña, ni había chimenea, pero el jacuzzi nos esperaba con agua caliente.
—¡Arranca el partido!—exclama el comentarista justo en el momento de la penetración. —¿Qué clase de sincronía es esta?— susurré. Romeo sonrió coquetamente. 
—Mi rey, me distrae muchísimo la voz del narrador...— me quejo.
—Ven, mami. ¡Ah, qué rico!— susurró en mi oído. —¡Sigue, sigue!— apretaba mis nalgas, besaba mis pechos y de pronto...
—¡Ah, ah, ah! ¡Goooool!— gritó eufórico, mientras que el comentarista gritaba el gol del Cruz Azul a la par que Romeo tenía una eyaculación. Él gritaba, gemía, reía y celebraba con sus manos extendidas al cielo. Mientras que yo, no podía creer que mi novio me había llevado a un motel para hacerme el amor y echarle porras a su equipo favorito.
A pesar de todo, después de dos tiempos, ocho minutos extras y dos orgasmos simultáneos, pasamos una tarde memorable.

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