Las canciones que nos dedicamos Cap. II Las flores de mayo


Las canciones que nos dedicamos

Capítulo II. Flores de mayo

Estábamos rotos hasta lo más profundo de nuestro ser, fue justo eso lo que nos unió. Confundimos el amor con un deseo inmenso de ser escuchados, de sabernos aceptados a pesar de nuestro pasado. Me gusta pensar que fuimos una balsa en medio del océano el uno para el otro, como un par de náufragos que se encuentran intentando sobrevivir y se acompañan mientras llega el rescate o la orilla de alguna isla que los ponga en suelo seguro. 

Fue en un concierto de la Gusana ciega en Ciudad de México, un par de solitarios con una cheve en la mano, moviéndose al ritmo de "Más Grandes" parados uno a lado del otro, sin tener nada más en común que haber nacido en 1989.

—Perdón me dijo al golpearme levemente con su brazo contra el mío mientras él intentaba dar un paso a la izquierda, movimiento casi natural en un concierto repleto de fans.
No te preocupes, dejé los límites de mi espacio personal en casa. 
Sonrió y volvió a la canción con un vaivén discreto que me contagió. Imitando su movimiento, comencé a mecerme al mismo ritmo, culpable de ser la primera en coquetear. Volteaba de reojo para saber si él me veía y levantando más mis abundantes pechos lo dejé admirarme. Levanté mi vaso de cerveza y le hice un gesto para que bridara conmigo. 
¡Salud!
Chocamos los vasos de plástico apilados, él llevaba tres y yo dos, número perfecto para poder olvidarme de que corría peligro al estar coqueteando con un total extraño en un concierto en la ciudad de México justo en medio de una guerra en contra del narco. En mi defensa puedo decir que era muy joven para estar al pendiente de los peligros de la vida y más pendiente de los momentos de aventura y placer. Al poco tiempo terminó su cerveza y me ofreció una, la acepté de inmediato y decidí acompañarlo a la hielera donde se encontraban dos señoras sudando y dándolo todo para abastecer a los hipsters mexicanos de su sed de alcohol. 
Dos, por favor. 
¿Por favor? susurré. este tiene modales.— pensé 
¿De qué te ríes?
De tu amabilidad...
¿Y eso?
No sé, es extraño escuchar a alguien en medio de un concierto decir por favor y gracias.
Se sonrojó como si mis palabras hubieran sido un coqueteo, cuando solamente fueron una declaración de los hechos y nada más, al menos para mí. 
Me dio el vaso y volvimos a chocarlos. 
Mírame a los ojos cuando choques mi vaso... le dije.
Y lo hicimos, el primer contacto directo a la ventana de nuestras almas condenadas.
Sigo haciendo esto cada que conozco a alguien; ver directamente a los ojos de las personas me ha ayudado a no meterme en el mundo de personas con las que a leguas se ve me traerán problemas. Sin embargo, sus ojos, sus ojos me vieron con ternura, como hacia mucho nadie me veía. Fue una conexión mucho más allá de algo físico, fue la nostalgia en ellos, una añoranza, como si nos conocieramos de otro tiempo.

Suspiro, suspiro de nuevo y el café se ha enfriado. Hasta el día de hoy no he podido agarrarle sabor al café frío, mucho menos al helado. Deberían condenar con la horca a aquel que hizo semejante invento. Es que, el café es como una caricia por la mañana; su aroma, su sabor y ese vaporcito que emana de la taza como un delicado suspiro.
Vierto el café que me queda en una ollita y lo caliento a fuego lento mientras que mis ojos se fijan en la bugambilia morada que ha crecido sin tomar una forma, con sus ramas alborotadas y el color que la hace ser la reina del jardín. Mi mente vuela de nuevo. Y pienso, si tan solo me dijera que lo ha olvidado todo, que lo que dije no fue para tanto, es que él ya me conoce y sabe lo directa que puedo llegar a ser. Estoy segura de que si existe una  fila en el mas allá para la repartición del tacto y la discreción, yo nunca llegué a la cita.

Recibo un mensaje de texto de mi amiga Lucía. 

《Oye wey, que onda hoy en la noche?》

¿Hoy en la noche, hoy en la noche? digo en voz alta mientras busco en el calendario si tengo algún pendiente. Nada, no hay nada.

《¿De qué o qué, wey?》le respondo. 
《Dijiste que querías ir al barrio Chino jajajaja seguro lo olvidaste.》

Mi amiga Lucía es la perfecta compañera para una persona olvidadiza; odia al mundo aunque ella es un osito cariñosito, con un tono de voz dulce y tierno. No sabe decir que no, pero tampoco ama hacer planes para salir a lugares concurridos. Que a mi se me olviden los nuestros para ella es la mejor noticia. 

《Noooo, para nada. Claro que lo recuerdo, solo que me agarraste ocupada...》
《Jajajaja okey, entonces?》
《Te veo en el barrio Chino a las 8》
《Jajajajaja okey》

Supuse ese último "okey" le debió provocar una ligera sensación de ansiedad, pero lo hago por su bien. Necesita distraerse de ese trabajo de mierda que tiene. Es la jefa de un grupo de diseñadores gráficos, ninguno dura más de tres meses. Y cada vez son más jóvenes a lo que Lucía atañe la inexperiencia y el deseo de que todo sea como ellos quieren. Algo que me gusta de las nuevas generaciones es eso, que no se quedan callados. Sin embargo, para aquellos en puestos de liderazgo, como mi amiga, son una pesadilla. 

Esa misma noche nos encontramos, la disque anarquista y la despistada en el famoso y concurrido barrio Chino. Este tiene unos pocos meses que se inauguró, me gusta su ambiente en tonos rojizos y esas lámparas chinas colgantes por todos lados otorgándole al lugar un ambiente bohemio. Es un imán para la chaviza de Mexicali, venden varias marcas de cerveza artesanal y la comida china fusionada al toque mexicano son una delicia. 

Se me fueron la cabras al monte bien machin. le dije en cuanto se sentó en la mesa.
Lo sé, se te olvidó nuestra cita. dijo riéndose mientras observaba el lugar a detalle.
No, eso no. Bueno, también pero, me refiero a la cabeza, me puse muy mal en luna llena.
—¿Qué pasó?
No sé, me sentía demasiado inquieta, como si mi cuerpo se desprendiera en partes y tuviera que abrazarme para quedarme unida, no sé si me explico.
—¡Wey! te dio un ataque de pánico.
—No creo en eso— dije entre risas.
—Me vale madres si crees o no, pero eso es. ¿Y, que hiciste?
—Ya sabes, tocar tierra.
—¿Qué van a tomar?— Nos preguntó el mesero, interrumpiendo nuestra plática.
Ambas pedimos cerveza oscura, la más negra del lugar.
—Claro. En un momento se las traigo.— respondió.
Entre risas y lamentos me había olvidado que existe un mundo real que me trae de cabeza y de las expectativas en las personas que quiero y que por esperar mucho de ellos solo me decepcionan más. 

¡Weeey!— expresé al escuchar One de U2 de fondo y ya con dos cervezas artesanales encima, la toma de decisiones y la coordinación de la mente con la boca comenzaban a desvanecer. Ambas movíamos la cabeza al ritmo de la canción y de pronto la Luna en su fase menguante hizo su gran entrada, igual de majestuosa, brillante y coqueta que el día de luna llena. 

—Te lo juro que lo odio, lo odio, jamás podré enamorarme de nadie más por culpa de este tonto romántico que echó a perder cualquier expectativa que tengo de las relaciones amorosas. 
 —Amiga...— dijo Lucía entre dientes y ya medio mareada. —Dejalo ir, ol-vi-da-lo, no te hace bien pensar en él. No entiendo, seguro que ese cabrón te dio agua de calzón o algo así. 
Quise reirme de ese comentario, pero en el fondo comencé a sospechar que eso tendria sentido, pues nadie se había quedado tan clavado en mi mente como él. Fijé la mirada en aquella hermosa postal de abril, deseando que los días avanzaran rápido y llegara mayo, pues según los gurús espirituales que sigo en YouTube, mayo sería un mes especial para toda la humanidad. 
 —¡Mayo, llega ya!— dije en voz alta. 
 —¡Ya se fueron las nieves de enero y llegaron las flores de mayo!— canturreamos las dos mientras chocamos nuestros vasos casi vacíos. 
 —La última y nos vamos.— dijo Lucía. 
 Aquella noche dormí vestida, sin lavarme los dientes, exhausta de ver a mi amiga tan cansada y harta de su vida monótona, sin poder ayudarla más que por estas noches que nos sacaban de esa rutina esclavizante. Mi cuerpo y mente estaban agotados. Caí en un sueño profundo; al menos unas cuatro horas. Al despertar, ahí estaba de nuevo el recuerdo de la noche que nos conocimos. 

Llevaba su camisa de rayas en tonos azules, con las mangas arremangadas en tres cuartos, sus pantalones vaqueros y unos zapatos café oscuro. Cabello corto, notablemente recién cortado. Sin barba, sin bigote, con su piel tersa e impecable. 
-¿Vienes con alguien? Le pregunté 
-No, solo. ¿Y tú?
-Igual... ¿quieres ir por unos tacos?
-¿Ahora?
-Sí, bueno... ya que termine el concierto. 
-Claro.
El resto de las canciones nos las sabíamos de memoria, claro que cantamos a todo pulmón. Una euforia me invadió sintiéndome la mujer más libre del planeta.
-Siempre dejan lo mejor para el final.- Me dijo mientras que entre risas y empujones salimos del auditorio.  Tomamos un taxi que nos llevó hasta una calle concurrida con varias taquerias ambulantes.
-Pásele, Pásele, aquí se está mejor que enfrente.
Gritaba con entusiasmo el taquero, cuando vi que enfrente estaba la barda del panteón municipal mientras que una risa estruendosa emanó de mi garganta.
Los olores de la carne en la plancha, mezclados con la cebolla y el cilantro despertaban a cualquier muerto o borracho.
-¡Que rico!- exclamé. 
-Siéntate aquí. -me indicó un banco que estaba vacío frente a la barra del taquero. 
-¿Qué le damos güerita?
-Una orden bien reportada de pastor.- exclamé sin miedo a que notaran mi acento norteño. 
-¿Bien, qué?- me preguntó -¿de dónde eres?
-Del mero norte compa.
Entre sorprendido y entusiasmado, pidió su orden de tacos de bistec.
Mis tacos tenían un aspecto que seguro una de mis venas sería obstruida y así quedaría hasta el final de mis días; su sabor exquisito no me hizo pensar en nada más. Con los ojos entrecerrados mi lengua saboreaba cada bocado de la tortilla frita, la carne de puerco marinada en esa salsa especial que identifica el sabor de los tacos al pastor, cebolla, cilantro y un pequeño pedazo de piña hacen la mezcla perfecta de un manjar.

Terminamos nuestra cena y caminamos hasta llegar a un parque, nos sentamos en una banca.
 -Estoy un poco sorprendido que no seas de aquí y te veas tan tranquila.
-La gente del norte somos muy valientes.- Le dije entre risas imitando la voz de un hombre.
-Eres muy simpática, pero de verdad ¿no te da miedo estar aquí con un desconocido?
-La pregunta es... ¿no te da miedo que no me de miedo estar con un desconocido?
Ambos reímos sin parar por varios minutos. Platicamos sobre nosotros, sobre nuestros orígenes, sobre nuestros temores, nuestros errores del pasado y sobre nuestras preocupaciones del futuro. Sin darnos cuenta ya eran las tres de la mañana y seguíamos sentados en ese parque que hoy en día no lograría recordar su ubicación. 
Detuvo un taxi que iba pasando y me acompañó al departamento en el que me estaba quedando. Le dije que era de un tío que viajaba mucho y que me lo prestaba cuando me daba la locura de ir a la ciudad. Se quedó tranquilo de dejarme sana y salva. Me preguntó si podía llamarme otro día y me pidió mi número de teléfono. 
Caí fulminada en la cama y me quedé dormida casi al instante. 
A las seis de la mañana recibí un mensaje en el celular.
《Buenos días, Paula. Soy Nicolás el muchacho con el que estuviste anoche. Espero que estés descansando. Me dio mucho gusto conocerte, ojalá me des la oportunidad de invitarte a cenar a un lugar más decente. Dime, ¿cuándo te vas?Que tengas un excelente día.》
Me sorprendió su ortografía impecable, siendo yo una escritora, me importa mucho que las personas escriban correctamente. Entre la sorpresa de su escritura y lo temprano que lo había hecho, sentí un extraño revoloteo de las tripas. ¿Acaso fueron los tacos de pastor callejeros o este tipo de verdad me gustó?
《Hola, claro que sé quién eres. Me voy mañana al medio día. No tengo planes para el resto del día, así que si estás libre acepto tu invitación. 》
Me sorprendí escribiendo un mensaje tan formal, pero este Nicolás contagiaba su forma educada de ser.
Llegué al lugar acordado, un restaurante elegante de comida italiana en Polanco, lo cual debió ser mi primera sospecha de lo que sucedería horas más tarde. Con luz tenue y velas en el centro de las mesas, música de jazz de fondo, algo un poco ostentoso para mi gusto. Supuse que era el tipo de lugares que le gustaban visitar; para nada el tipo de lugares que me gustaban a mí. Esperé unos minutos y lo vi llegar, pantalón color caqui de vestir, camisa azul celeste excelentemente bien planchada, los mismos zapatos color café del día anterior y su inmaculado corte de pelo. Se acercó lentamente como si midiera sus pasos y justo antes de pararse frente a mí, me puso un ramo de rosas rojas en la cara a lo que mi alergía reaccionó antes de que pudiera decir algo.
—¡AAAACHUUUU!
—Te traje este ramo, espero que...
—¡ACHU, ACHU, AAAAACHUUU!
—...te gusten.— expresó con un tono de voz nerviosa.
—Un disculpa, soy alergica a las flores.
—Perdóname tú, debí haber comprado otra cosa.
—Muchas gracias.— dije mientras tomaba el ramo como si me hubiera pasado un pedazo de caca y poniendolo en la silla de un lado intentando que el olor a rosas no me diera de frente.
—¡Vaya lugar!— comenté.
—¡Sí, está padrísimo!
Soltando una carcajada me reí de su expresión.
—Perdona, debe ser extraño escuchar a un triste chilango expresarse, ¿no?
—Es raro, pero estoy acostumbrada... por mi tío.
—Claro, claro. Tu tío.
—Buenas noches, jóvenes. ¿Gustan tomar algo de beber?— nos preguntó el mesero, el cual se veía tan formal como Nicolás.
—Sí. Puedes traernos una botella de chardonnay de cava italiana, por favor.
—Claro que sí, joven. En un momento se la traigo.
—¿Vino?— dije haciendo una mueca de sorpresa, mientras continuaba viendo la ostentosidad del lugar.
—Este es uno de mis lugares favoritos, sirven una langosta deliciosa... y los cortes de carne son exquisitos.
Continuó hablando de lo maravilloso del lugar y de otros lugares exclusivos de la zona. Me dio una pequeña cátedra de vinos y sus posibles combinaciones con platillos. Media hora de charla y yo quería que me tragara la tierra y me escupiera en la taquería de barrio en la cual nos habíamos reventado los tacos la noche anterior.
—Disculpa, te estoy aburriendo con mi plática.
—No te preocupes, me gusta aprender algo todos los días. —contesté sin decirle que mi tío era un experto enólogo y que era ese el motivo de sus múltiples viajes.
Nos sirvieron la botella y la cena que no puedo negar estuvo exquisita. Nicolás continuó hablando de museos, arte y cosas que simplemente no me llamaban la atención. Solo pensaba en encontrar un buen momento para desaparecer de ahí y no volver a verlo jamás.

—Sé que te vas mañana, me gustaría mostrarte un lugar muy especial para mí.
Quedé sorprendida ante aquella declaración, yo sintiendo toda esa sed de aventura no pude dejar de decir que sí. Nos detuvimos afuera del restaurante y le dió un número escrito en un boleto al guardia de la entrada. En pocos minutos vi llegar una camioneta lobo del año color negra. El chofer bajó de ella y le entregó las llaves a Nicolás, siendo este el momento en el que vi como toda aquella seguridad que sentí la noche anterior se tambaleaba y pensé que sería un buen momento para salir huyendo. Una guerra contra el narco debería haberme manetenido en Mexicali en primera instancia, pero no, yo quería salir y conocer el mundo muy apesar de lo que pasaba a mi alrededor.
Se adelantó a abrirme la puerta y fueron los segundos más lentos de mi vida, pero sus ojos, su mirada, su imponente educación y ese gesto de caballerosidad regresaron la confianza que necesita quedaba, y subí a su camioneta. 

Suena "Here comes the sun", la canción puesta en la alarma del celular. Sin poder abrir los ojos pienso en esa noche, en nosotros paseando en su camioneta blindada por el Paseo de la Reforma con rumbo desconocido y anhelando en poder regresar el tiempo para vivir aquello una vez más.

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