Las canciones que nos dedicamos Cap. I Luna de abril

Las canciones que nos dedicamos

Capítulo I. Luna de abril


Una luna rosa de abril maravillosa 

El poema que no le escribí 

Esa canción que escuchamos en repetición 

Las buenas noches que le dijimos al viento

El deseo de tocarlo

Odio las promesas y los pactos, por que soy fiel en cumplirlos... bueno que más da—  le dije. —  cada luna llena estaré pensado en tí.

—Y yo en tí.— Declaró. 

Esas palabras se proyectan una y otra vez sin parar, la respiración se agita y el corazón late rápidamente como cuando correteo a mi perro Toto, cuando este se ha vuelto a escapar al jardín del vecino. 

Cada luna llena se convirtió en la tradición de encender una vela, limpiar los cuarzos y escuchar las canciones que nos dedicamos. Tengo una playlist en mi aplicacion de música con canciones que nos compartimos mutuamente, la escucho con la misma nostalgia que me provocaba un nudito en el estómago y la piel de gallina cuando escuchaba su voz en los mensajes que me enviaba cada día. 

Fueron solo palabras, letras unidas que, al ser emitidas por nuestros labios sonorizaron aquello que nos había sentenciado a una vida donde estaríamos recordándonos que alguna vez nos sentimos desbordados de amor y que jamás volvería a pasar.

Es de noche, tomo la correa de Toto, mi compañero de andanzas. Salgo de casa siendo arrastrada por él, casi pierdo una de mis sandalias. Aunque he puesto mucho empeño en educarlo y entrenarlo para ser un perrito como esos que se sientan a un lado de su amo, Toto es tan libre como yo, nunca ha permitido que nadie le imponga límites a su ímpetu de vivir y explorar el mundo. En dos minutos recorrimos tres cuadras hasta llegar al parque de la colonia, y ahí está redonda, brillante, hermosa sabiéndose perfecta y luciendo su majestuosa presencia, la Luna. Estoy segura de que él está viéndola al igual que yo, las tripas y el corazón se me revuelven hasta quedar hechos un nudo apretado. Me he quitado las sandalias, camino lentamente sobre el zacate que ya se siente humedecido por el rocío de la noche.

Toto se entretuvo oliendo y mordisqueando el zacate, mientras que yo busco la playlist. Como si fuera la rueda de atínale al precio, con el dedo indice muevo esa lista de canciones y elegí una sin ver, "Hello it's me" de Red Todd Rundgren, ¡Justo tenía que ser esa canción! Se la enviaba las noches que nos disgustabamos por algún comentario fuera de lugar que yo decía, desde luego, él, nunca lo hizo. Desde el día que lo conocí fue todo un caballero, como los de antes. Siempre correcto y educado.

—¡Buenos días, señorita!— me enviaba un audio por las mañanas a la misma hora. 6 de la mañana en Ciudad de México serían las 4 aquí en Baja.

—¡Buenos días, licenciado!— era mi respuesta a la misma hora. 10 de la mañana, que en Ciudad de México sería el medio día. Un segundo después de recibido se veían los tres puntos de su estado "escribiendo..."  Y justo antes de que terminara su mensaje yo escribía:

《todo bien al cien.》Se veía como él dejaba de escribir, pues interrumpía su idea y sin embargo, por error a veces le daba enviar a su mensaje antes de leer mi mensaje,

《¿qué tal señorita, cómo va su día?》Y sin saber qué más escribirle, dejaba mi celular en la mesita de noche y continuaba con mis actividades del día, las cuales incluían mi rutina de ejercicios viendo un canal de Youtube, mi desayuno que consistía en una dieta estricta en cualquier cosa que estuviera con vida dentro de mi refrigerador, el paseo matutino de Toto y mi baño.

《Me gustaría saber qué haces... ¿se puede?》- mensaje enviado a las 10:01 de la mañana y a veces pasaba todo el día en reposo, olvidado y si, ignorado a proposito. Y después, entre mis múltiples actividades se me olvidaba la conversación. Así transcurrieron las últimas semanas de nuestra comunicación antes de que terminaramos bloqueando nuestros números para siempre.

Mis chistes y risas eran mi mejor máscara cubriendo las mentiras, el dolor y la mierda en la que sentía que me ahogaba. ¿Cómo obligas a una persona a compartir su vida contigo si no le ves el mínimo interés?

Han pasado tres noches de la luna llena y desperté con ganas de cocinarme una machaca con el sobrante de una carne desebrada de hace dos días. Abrí el cajón de las verduras, ese que de repente me da orgullo verlo llenito de cosas frescas que gritan ¡cómeme y te pondré más chula!, pero otras veces es como pasar a un lado de un accidente de tráfico en el que el repartidor se ha quebrado la pierna, aguantas la respiración y casi a tientas buscas algo que quede medio comible. Esta mañana fue la segunda. Las nostalgias, los recuerdos y las voces del pasado se han hecho presentes como nunca antes que ni siquiera he tenido ánimos de salir a abastecerme de comida. 

Tomo un pedazo de cebolla morada, un chile morrón a medias y un solitario tomatito que comenzaba a ponerse oscuro en algunas partes. He rescatado lo que pude de este trío. Lo pico finamente mientras el aceite de oliva desprende poco a poco su olor fragante que invita a comerse lo que sea que venga de mezclarse con él. Mis manos son poseídas cada vez que los ingredientes están sobre la tabla, no hay poder humano que me pare. Conozco cada lugar de la cocina y los utensilios parecieran brincar a mis manos con solo pensarlos. Las verduras van al sarten junto a una pizca de sal y pimienta mientras sarandeo un poco el sarten por el mango. Sigue el café, el invitado especial al desayuno, y es que una vez que le agarras el saborcito, no existe poder humano que te haga desistir de una buena taza de café para acompañar tu desayuno. Un filtro, agua hasta el número dos, medida exacta para una sola taza, café traído de Ensenada por mi mamá, que a su vez es traído de Chiapas para ser distribuido por la zona del norte de Baja California. 

Me dispongo a tomar mi desayuno, me dirijo hacia la mesita de madera en la que solo cabe el plato y la taza. Me gusta el estilo minimalista, por no decir que no he logrado ahorrar lo suficiente como para comprar un comedor decente. La mesita está frente a la puerta del jardín el cual me llena de orgullo pues gracias al encierro durante la pandemia, logré que mis plantas por fin crecieran y se vieran lindas convirtiéndose este, en mi lugar favorito de casi toda la casa. 

Tomo mi celular para grabar una historia con mi café humeante, con el único objetivo de provocar un poco de envidia entre mis seguidores, pues los imagino tomandose el café insípido de la máquina de sus oficinas. Culpable soy de disfrutar el gesto de desagrado de algunos que ven mi historia, eso de caerle bien a todo el mundo debería ser el octavo pecado capital y yo no quisiera ser pecadora.

Bebo de mi café el cual me provoca un ligero viaje al pasado... ¿estará pensando en mí? ¿Extrañará enviarme el mensaje de buenos días? Mientras la mente activa recuerdos y dudas busco entre las canciones una que dice "te extraño así como los desiertos extrañan la lluvia..." ¡Chingado! Como llegué a envidiar su maldito romanticismo y esa forma de entregarse al sentimiento que yo no logré despertar en mí. Esta canción da vueltas en mi cabeza una y otra vez, intentando que mi corazón despierte y se envuelva de nuevo en un sentir que dudo pueda renacer.

¿Le escribo? Solo es cuestión de darle click al botón de desbloquear número y enviar un mensaje pero, no, seguro que me odia y dudo que esta vez quiera saber de mí. Por que claro, yo fui la insensible, la que no supo como demostrar el amor.

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