Consejo Intergaláctico Capítulo I. El Principio del Fin
I. El Principio del Fin
La vida de Jesús de Nazareth había sido la historia más contada por casi toda la humanidad. Él nació hace más de dos mil años, en un pequeño pueblo llamado Belén. El final de su vida humana fue un suceso que marcó el antes y después de nuestra civilización. Pero, lo que más impactó fue lo que sucedió después de ese día.
Los apóstoles, a los que por una extraña razón, me ha gustado llamar la banda de Jesús, narraron en sus escritos haberlo visto elevarse en una nube de luz hacia el cielo. Escribieron sobre el momento en que Jesús prometió que algún día estaríamos junto a él y su padre, Dios.
Crecí entre un catolicismo hermético y un ateísmo libre. Mi nombre es Isaac, mi mamá insistió en nombrarme como el segundo jefe del pueblo de Israel, o algo así. Mi madre fue una mujer creyente de la biblia, religiosa, espiritual y fiel servidora de la iglesia católica. Pasaba más tiempo en la iglesia que en su propia casa. Mi padre fue un escritor que no logró tener un libro reconocido. Pero gracias a él, fue que pude desarrollar mi lado científico sin tener que explicarle a mi mamá que muchas cosas que ella pensaba, "no eran cosa del diablo". Yo, soy un biólogo que, por razones de supervivencia, he tenido que unirme a las filas de la armada intergaláctica en la tierra.
Mi mamá hablaba siempre sobre el regreso de su señor Jesucristo. Que a su venida, este mundo cambiaría y que se vendría el gran juicio para todos los que aún estuviéramos aquí. Que los muertos regresarían para ser juzgados también. Todo eso sonaba a una gran mentira en mi cabeza. Desde niño, mi mente fue analítica, crítica y racional. No me gustaba leer los cuentos que escribía mi papá y mucho menos los escritos en la biblia. Todos me parecían historias para entretener a los menos valientes para pensar por sí mismos.
El rapto, esta profecía era una de las que menos llegué a creer que pudiera cumplirse, o al menos no como las religiones lo describían. En el año 2020 llegó la primera pandemia y arrasó con aproximadamente 18 millones de personas, entre ese año y el siguiente. Personas que nunca padecieron enfermedad o queja, se contagiaron del bicho y en poco tiempo murieron. Para la mala suerte de la humanidad, nadie estaba preparado para combatir a dicho enemigo invisible. Yo era un adolescente, tenía quince años. Todo esto impactó mi conciencia y decidí que estudiaría biología para después dedicarme al estudio de estos parásitos.
Mis padres se fueron con la tercera ola. Me quedé huérfano a la edad de dieciocho años. Heredé un fideicomiso y tres casas con lo cual pude concluir mis estudios. Aprendí a invertir en el bitcoin, una moneda electrónica que apenas iniciaba a dar beneficios. Gracias a eso, es que pude conseguir una gran fortuna personal. Después del 2023, mi único objetivo fue convertirme en un gran científico y poder ayudar a la humanidad a luchar contra los bichos que parecían no tener fin.
Fue en el año 2029 cuando todo cambió. Ya teníamos la advertencia del calentamiento global. Era algo que me consternaba. Se me hacía inhumano que los gobiernos no voltearan a ver tan enorme catástrofe que se nos avecinaba. Comenzó a escasear el agua. En mi ciudad nos reducían la presión del agua de las tuberías por semanas. Teníamos que almacenar en botes o tinacos. Comprar agua a unas compañías privadas que se encargaba de buscar agua haciendo pozos profundos para poder encontrarla. En las noticias anunciaban que las refinerías dejaban de funcionar y se dedicaban a escabar para localizar un poco más de agua. El agua se convirtió en el recurso más caro de este planeta. Yo pasaba mis días en el laboratorio y me perdía de los movimientos que se formaban en cada esquina. Las personas protestaban por la falta de agua, por el desabastecimiento de comida, por la falta de atención médica gratuita. Dejaron de llegar medicinas, mientras que los doctores y enfermeros en los hospitales no podían ejercer a falta de esos insumos.
El 2029 fue el principio del fin. No lo vimos venir. Agradecí que mis padres no estuvieran vivos para presenciar tal desastre. Luego un día recordé lo que mi mamá me había leído sobre el rapto.
Tesalonicenses 4.17
Entonces nosotros, los que estemos vivos {y} que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el señor siempre.
¿Sería que en verdad el ser supremo vino por los buenos de alma y en el 2020 fueron los elegidos? Aún hasta ese día tenia mis dudas sobre todas esas historias y sobre Jesús el hijo de un Dios supremo.
Lo más difícil se vivió en el verano del 2031. Las personas comenzaron a dejar sus trabajos de oficina. Los maestros abandonaron sus labores, era inútil querer que los niños y adolescentes aprendieran a sumar y restar en medio de un apocalípsis. Los profesionistas se habían cansado de seguir trabajando para estas grandes empresas en las que nunca llegaron a conocer a los dueños reales. Hubo un gran cambio de conciencia en la humanidad. Conocimos el infierno en la tierra. Ese mismo año, los líderes de todas las religiones se unieron en una transmisión en vivo para hacer una oración y pedir ayuda divina. Me hizo recordar aquel programa de televisión que era un maratón, donde artistas y gente conocida se unían y recaudaban dinero para una sola causa. El papa, el líder musulmán, el líder judío, el líder de los monjes del Tíbet todos en la misma causa. Cantaban monjas, después veías las largas plegarias de los musulmanes y aquello era un gran espectáculo.
Fue en el mes de julio que pasó algo inesperado. Comenzó a llover después de años de sequía. Las personas colocaron sus botes y todo lo que pudieron para almacenar aquella agua que caía. Los líderes religiosos se adjudicaron tal milagro. Los ateos decidieron creer y se convirtieron a una de aquellas religiones expuestas en el maratón de iglesias. El temor de perder la vida puede poner a cualquiera sensible y vulnerable, hasta yo llegué a pensar en unirme a los monjes.
Fueron treinta días con lluvias. Las presas comenzaron a llenarse. Los árboles secos comenzaron a florecer. El clima cálido que se había sentido por años, había cedido dando paso a un clima agradable y fresco. ¡Nadie podía creer aquel cambio! Ni siquiera yo, parecía... ¿un milagro?
Mientras todo esto sucedía y muchos agradecían a la Pacha Mama por el descanso y por el regalo de la lluvia, se escuchó un gran trueno en los cielos de todo el mundo. Los noticieros lo repitieron incanzablemente. Aquello, fue el gran llamado para que toda persona habitando la tierra saliera a mirar hacia arriba. ¡Simplemente no podía creerlo! Recuerdo haber estado parado afuera del laboratorio observando sin esperar nada, cuando lo vi. ¡Una nave espacial descendiendo del cielo! Era una nave ovalada, que no emitía ningún ruido. Se detuvo en lo alto y se abrió una compuerta. Se vio salir un ser alto, esbelto, con cabello largo hasta los hombros. Tenía una barba cerrada y crecida. Se parecía a... sí, Jesús. El Jesucristo de las historias de la biblia. ¡El Señor Jesús de mi mamá! El único fallo en la descripción que nos habían mostrado, era su color de piel. Pues esta, era morena.
—Hola a todos. Soy Jesús, hijo de mi padre creador del universo. Vengo a traerles una buena noticia. Como parte de la corte intergaláctica y siendo el representante de la humanidad, les anuncio que acabo de hacer un trato para que ustedes puedan por fin tener contacto directo con los habitantes de otras galaxias. Sé que para muchos esto es algo sobrenatural e imposible. Pido una disculpa si no fui demasiado claro en mi primera visita. No podía usar palabras que pudieran ser mal entendidas con el paso de los años. Sólo hablé para aquellos que fielmente me seguían. Aún no ha llegado el final de los tiempos para ustedes. Necesitamos unirnos como humanidad. ¡Vengo a ayudarles! Sé que mi presencia creará un conflicto mediático. Solo espero que mis palabras puedan ser comprendidas entre ustedes esta vez.—
De pronto se desapareció. Era un holograma. Jesús se había aparecido sobre el cielo de cada pueblo habitado en el planeta y el idioma se ajustó de forma automática, permitiendo que cada ser humano pudiera recibir aquel mensaje. El caos no se dejó esperar. Las personas corrían por todos lados. Los religiosos pedían perdón arrodillados. Sabían que el juicio que se vendría sobre ellos por haber lucrado con las palabras de Jesús serían su final.
Los jefes de estado de cada país comenzaron a solicitar ayuda a todos los habitantes que pudieran unirse a una armada terrestre. Jesús les había enviado un mensaje privado. Diciendo que necesitaban preparse para luchar en contra de un enemigo común de los humanos.
El mensaje fue el siguiente:
—Hermanos de la tierra, he estado en un consenso intergaláctico. Los líderes de cada galaxia y mi padre han decido que deben abandonar el planeta. Les ayudaremos para que puedan ir a otro lugar. Es importante que mientras se desarrolla el plan, busquen a sus mejores hombres y mujeres que puedan ayudar con sus conocimientos y su fuerza física. Necesitamos organizar una armada terrestre. Esto, para poner orden entre el caos que se avecina por aquellas personas que no lograron el nivel de consciencia necesario, para comprender lo que viene. Este planeta ya no les pertenece, y hay un grupo de seres de otra galaxia que lo están reclamando. Seamos un solo cuerpo, una sola mente y tengamos una sola misión. Salvar a la humanidad y llevarla al siguiente nivel de existencia.—
Los líderes comenzaron a comunicarse entre ellos. Muchos aún incrédulos pensando que los chinos o los rusos habían armado un espectáculo para que hicieran lo que ellos quisieran. Sin embargo, todo resultó ser legítimo. Se confirmó cuando se dejaron ver las naves en todas las grandes ciudades del mundo. Se lanzó la convocatoria, y fue así como llegué a formar parte de la armada intergaláctica terrestre.
Me entrenaron para ser parte de los pilotos que llevarían a las personas a las naves que los transportarían hasta la nave madre, que por cuestiones de seguridad estaba a cientos de miles de kilómetros del planeta tierra. Estas naves tenían una capacidad para transportar a diez mil personas a la vez. No había ningún requisito. No importaba si habías sido bueno o malo. Si llevaste una vida de amor al prójimo o fuiste un asesino. Jesús fue contundente en que todo ser humano debía ser llevado.
Antes de subir a las naves se nos pidió inyectar un suero a cada persona. Este suero ayudaría para controlar la presión sanguínea y disminuir los efectos que las personas sufrirían al estar en el espacio por un tiempo prolongado. Solo hasta que se les pusiera en estado de hibernación para poder sobrevivir el largo viaje hacia, donde quiera que nos estuvieran llevando.
Las naves estaban por todo el planeta. Las comandaban unos seres celestiales. Aquellos hombres y mujeres se comunicaban telepáticamente. Sólo podíamos confiar en ellos y en nadie más. Se armó un puerto de abordaje en el río que estaba cerca de la ciudad donde yo vivía en aquel momento. Al parecer el agua del río era una de las fuentes de energía de esas naves. Se hacían filas larguísimas por días. A las personas que esperaban se les proveía de sueros energéticos y se les instruyó en los síntomas que podrían presentar al viajar al espacio.
Aún siendo parte de aquel proceso, seguía teniendo mis dudas. ¿De verdad era Jesús? ¿De verdad estábamos llevando a la humanidad al siguiente nivel de existencia? ¿Qué era ese suero? No me dejaron analizarlo. En realidad, nadie pudimos ver los efectos hasta el día que nos tocó abordar una de las naves.
Poco tiempo había pasado. Cuando a dos de mis compañeros y a mí nos aplicaron el suero. Este era el único requisito para abordar la nave. Nos subimos a la plataforma y casi a punto de que aquella se moviera para elevarnos, uno de mis compañeros comenzó a convulsionar. Echaba un tipo de espuma por la boca y su color de piel cambió a un tono azulado. Yo quería ayudarlo dándole la atención de reanimación, él no lograba reaccionar. En pleno vuelo tomé la decisión de aventar a mi compañero y saltar yo mismo. Algo dentro de mí me decía que no debía abordar aquella nave. Ambos caímos en el agua. Lo sujeté y comencé a nadar hacia la orilla. Regresé a las plataformas de abordaje. Las personas nos vieron pero no dijeron ni preguntaron qué había sucedido. Mi compañero inconsciente comenzó a volver en sí. ¡Su primer reacción fue atacarme! Lo empujé y cayó al río. Las personas se asustaron y poco a poco aquellos que esperaban en la fila que ya habían recibido la inyección con aquel suero, comenzaron a verse y actuar de la misma forma.
Decidí salir de ahí. Entré al edificio donde sabía que podía encontrar ropa seca y las llaves para tomar algún automóvil. Vi unas escaleras y subí por ellas. Eran pisos y cuartos enormes. Aquello parecía no terminar. Olvidé la ropa mojada. Regresé en busca de unas llaves. Ahí me encontré con una mujer y su hija. Ella me hizo señales para que no hablara. Me indicó la salida y juntos los tres nos dirijimos hacia una camioneta vieja y en muy malas condiciones. Ella arrancó, era su camioneta. Ya dentro pudimos respirar.
—Siempre supe que algo de todo esto no andaba bien.— dijo mientras manejaba a toda velocidad.
—Soy Roxana, mucho gusto Isaac.— me dijo con una sonrisa.
—¿Cómo sabes mi nombre?— pregunté extrañado.
—Está en el traje que traes puesto, Isaac.— me dijo en tono sarcástico.
—Pues, mucho gusto, Roxana.—
Ella manejó sin mirar atrás por varias horas, hasta que llegamos al siguiente pueblo.
Continuará...
Autor: Roxana Franco
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Esta muy interesante , cuando saldrá la siguiente parte ?
ResponderEliminarSigue súper interesante la historia pero queremos la siguiente parte !!!
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